sábado, 12 de junio de 2010

AMIN MAALUF, PRÍNCIPE DE ASTURIAS

Amin Maaluf
El libanés Amin Maaluf  es el escritor galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2010. El jurado que otorga el premio destaca que su "lenguaje intenso y sugerente nos sitúa en el gran mosaico mediterráneo de lenguas, culturas y religiones para construir un espacio simbólico de encuentro y entendimiento" y añade  que "frente a la desesperanza, la resignación o el victimismo, su obra traza una línea propia hacia la tolerancia y la reconciliación, un puente que ahonda en las raíces comunes de los pueblos y las culturas."
Y esas raíces comunes de los pueblos y de las culturas aparecen a veces, sorprendentemente, donde menos se espera. Así, en su novela El viaje de Baldassare podemos leer este fragmento que nos resulta familiar. Enhorabuena, Maaluf.

                                                                                               3 de octubre de 1665

Desde que abandonamos los alrededores de Konya ya no es de la peste de lo que hablan los viajeros, sino de una curiosa fábula que el propio caravanero ha propagado, y que hasta el momento no había considerado necesario reseñar aquí. Si me refiero ahora a ella es porque acaba de tener un desenlace ejemplar.
El hombre aseguraba que se había perdido una caravana hace unos años yendo hacia Constantinopla y que desde entonces merodea desesperada por los caminos de Anatolia, víctima de una maldición. De tiempo en tiempo se cruza con otra caravana, y sus viajeros desorientados piden que les indiquen el camino, o bien plantean otras preguntas, las más inesperadas; quienquiera que les responda, aunque sólo sea una palabra, atrae sobre sí la maldición, y tendrá que errar de la misma manera con ellos hasta el fin de los tiempos.
¿Por qué esa caravana ha sufrido esa maldición? Se dice que los viajeros habían contado a sus allegados que iban en peregrinación a La Meca, cuando lo que pretendían era llegar a Constantinopla. El Cielo les condenó entonces, se supone, a marchar errantes sin llegar jamás a su destino.
Nuestro hombre afirmó que ya se había encontrado en dos ocasiones con la caravana fantasma, pero que no se había dejado engañar. Ya podían los viajeros extraviados congregarse a su alrededor, sonreírle, tirarle de las mangas, engatusarlo, que él hacía como si no los viera, y así fue como consiguió evitar el sortilegio y proseguir su viaje.
¿De qué modo se podía reconocer la caravana fantasma?, preguntaron los viajeros más ansiosos. No hay manera alguna, respondió él, pues se parece en todo a las caravanas ordinarias, sus viajeros son iguales a todos los viajeros, y por eso precisamente hay tanta gente que se confunde y se deja embrujar.
Ante el relato del caravanero, algunos de los nuestros se encogían de hombros, otros parecían aterrorizados y miraban constantemente a lo lejos para comprobar que no hubiera ninguna caravana sospechosa en el horizonte.
Yo formo parte, desde luego, de los que no conceden ningún crédito a esos chismes; la prueba es que hace tres días que esos cuentos se propagan por la caravana, desde la cabeza a la cola, y vuelven luego de la cola a la cabeza, y no he juzgado necesario reseñar en mis páginas esta vulgar fábula de caravanero.
Pero hoy, a mediodía, nos hemos cruzado con una caravana.
Acabábamos de detenernos a la orilla de un arroyo para almorzar. Mozos y sirvientes se afanaban en amontonar ramas y preparar los fuegos, cuando una caravana apareció por un cerro cercano. En pocos minutos se encontró junto a nosotros. Una idea atravesó toda la compañía: “Son ellos, es la caravana fantasma”. Estábamos todos como paralizados, teníamos en la frente una especie de extraña sombra y sólo hablábamos en voz baja, fijos los ojos en los que llegaban.
Éstos se aproximaban, demasiado deprisa a nuestro entender, en una nube de polvo y niebla.
Cuando se encontraron junto a nosotros, todos pusieron pie a tierra, y corrieron en nuestra dirección, aparentemente alegres de toparse con sus semejantes y de hallar un rincón fresco. Se acercaron con amplias sonrisas, se dedicaron a saludarnos con fórmulas en árabe, en turco, en persa, en armenio. Los nuestros estaban muy turbados, pero ni uno se movió, ni uno se levantó, ni uno respondió al saludo que se le dirigía. ”¿Por qué no nos habláis? – terminaron por preguntar- ¿Os hemos ofendido en algo sin querer?” Ninguno de los nuestros replicó.
Los otros se volvían ya para marcharse, ofendidos, cuando de repente nuestro caravanero se echó a reír con estrépito, y le respondió el otro caravanero con mayor estrépito aún.
_ Maldito seas – dijo este último adelantándose, con los brazos abiertos-. Ya has vuelto a contar tu historia de la caravana fantasma. Y han picado.
Aquí y allá, la gente se levantaba, abrazaba a los otros, se invitaban mutuamente, para que les perdonaran.
Esta noche no se habla de otra cosa, y cada viajero intenta convencer a los demás de que nunca se lo creyó. Sin embargo, cuando los viajeros de la otra caravana se acercaron, todo el mundo palideció y nadie se atrevió a dirigirles la palabra.

Artículos sobre Amin Maaluf:
Maaluf, el Africano, Luis Sepúlveda.
Hijo del camino, Maruja Torres.

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